Miedo al paso del tiempo

04 de abril, 2018 - General - Comentar -

El tiempo es relativo, contradictorio y juguetón. Pocas dimensiones pueden llegar a ser tan subjetivas y a la vez tan implacables. En esas ocasiones en que estamos disfrutando de una grata compañía o atravesando un momento dulce en nuestra vida, el paso del tiempo es tan rápido que apenas somos conscientes de las horas, de los días… o incluso de los años.

Sin embargo, cuando atravesamos estados de tristeza, desánimo o incluso depresiones, el tiempo se arrastra con especial lentitud. Resulta curioso también como a medida que crecemos tenemos la extraña y aterradora sensación de que pasa demasiado deprisa, es más, se nos escapa de las manos y de nuestra mente de un modo casi aterrador. Empujando las varillas de ese reloj existencial de cada uno de nosotros hacia una madurez cada vez más patente. Hacia un estado en que de pronto, a nuestras espaldas, se extiende ya la parte de un camino ya extensamente recorrido.

Es entonces cuando aparece el miedo. La ansiedad ante el paso del tiempo.

“Nos envejece más la cobardía que el tiempo, los años sólo arrugan la piel, pero el miedo arruga el alma.”
 

El tiempo, ese ladrón implacable

El tiempo es esa dimensión invisible, solo patente en un anillo más en los troncos de los árboles. En esos centímetros en la altura de los niños. En esas velas de aniversario que cada año nos empeñamos en soplar mientras pedimos un deseo… En una cana en el pelo, en gente que despedimos y nuevas personas que llegan a nuestro mundo.

Por extraño que te parezca, hay personas que temen esa sensación, la de no poder controlar el paso de los días. Y es que resulta contradictorio el gran poder que ha llegado a ejercer el ser humano: ciencia, tecnología, biología, medicina… hemos avanzado en multitud de disciplinas, sin embargo, seguimos siendo incapaces de frenar el paso del tiempo. De impedir la llegada de la vejez, y en consecuencia, la muerte.

Este temor puede llegar a provocar en ciertas personalidades una alta sensación de ansiedad. No se trata únicamente del  miedo la ancianidad o la enfermedad. Es un miedo patente a esa dimensión incontrolable donde se tiene la sensación de que el tiempo pasa demasiado deprisa escapando a todo dominioImpidiéndonos hacer aquello que deseamos. Es lo que en psicología se llama cronofobia.

Quizá en la base de esta realidad esté no solo el miedo al paso incesable de los años, sino la sensación de que lo vivido, lo experimentado hasta el momento, no es satisfactorio o lo bastante significativo. La madurez llega sin avisar, como un ladrón en la noche, mientras nosotros aún no hemos alcanzado nuestros sueños de juventud. En ocasiones, el tiempo cercena nuestra vida sin preguntarnos si hemos alcanzado lo que toca en cada etapa vital. O lo que nosotros valoramos como verdaderamente significativo, de acuerdo a nuestros proyectos personales.

Dice una cita de Han Shan que nadie puede beber el agua de un espejismo. Ese charco en el desierto que a lo lejos nos parece tan real se difumina conforme nos acercamos hasta que, al estar lo suficientemente cerca, nos damos cuenta de que realmente no existe: el agua no era más que una ilusión, un deseo.

 Algo similar ocurre con el tiempo y la vida. Desde lejos parece no acabarse nunca, vemos el fin del mismo como algo lejano que no sucederá próximamente pero, conforme nos vamos acercando, vamos haciéndonos conscientes de que así como el charco no era real, la ilusión infinita del tiempo, tampoco lo es.

La vida está cargada de ilusión y de espejismos que nos hacen ver lo ficticio como si fuese real o lo finito como ilimitado. Aunque somos conscientes de muchas de las ilusiones que nos rodean, vivimos como si fuesen ajenas a nosotros, dejándonos llevar por la belleza del espejismo que nuestros ojos ven y al que nuestra mente de forma silenciosa se aferra para calmar el miedo.

 

La ilusión de lo infinito

Uno de los espejismos más comunes en nuestras vidas es el que atañe al tiempo. Todos somos conscientes de que nuestros días y los de nuestros seres queridos algún día terminarán. Sin embargo, vivimos como si el tiempo fuese un camino que nunca llegará a su fin.

Siempre estamos muy ocupados, muy cansados o simplemente no encontramos el momento para hacer aquello que no borramos de nuestra agenda porque lo deseamos, pero que posponemos una y otra vez. Quedar con una amiga que hace tiempo que no vemos, recordarle lo que sentimos a esa persona especial, apuntarnos a esa actividad que tanta ilusión nos hace o hacer el viaje que siempre quisimos son actividades valiosas que posponemos “para cuando tengamos tiempo”.

Pasan los días, las semanas, los meses y algunas de las metas vitales que perseguimos son alcanzadas mientras que otras quedan relegadas y pospuestas “hasta que tengamos tiempo” para ellas. Pero a veces, ese tiempo, nunca llega.

 La vida pasa, se gasta y no regresa. El tiempo es demasiado valioso para malgastarlo persiguiendo metas que no concuerdan con nuestros objetivos vitales. Dentro de nuestro margen de maniobra debemos invertir el tiempo en aquello que para nosotros es valioso.

Llena la vida de significado

Según una investigación de Thomas Gilovich publicada en “The Journal of Positive Psychology” crear experiencias que perduren para siempre y que pasen a formar parte de nuestra historia e identidad nos hace mucho más felices que adquirir bienes materiales.

Los bienes materiales nos facilitan la vida pero no la llenan de valor. Al contrario que los objetos, las experiencias llenan de significado y valor nuestra vida, nos permiten experimentar momentos valiosos y atesorarlos en la memoria para volver a emocionarnos cada vez que los recordemos.

El reloj no se detiene y las manillas siguen avanzando hacia un final que sabemos que es inevitable. Es importante que aprovechemos esos momentos que pasan y nunca vuelven para que cuando el reloj deje de sonar sonriamos al poder recordar aquellos instantes valiosos que una vez vivimos.

Así que familia... a disfrutar de cada segundo que la vida pasa en un suspiro. 

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